11 jun. 2017

Medio siglo de ocupación israelí en Palestina

Existe una ciudad de apariencia moderna y tranquila, llena de parques infantiles, contenedores de reciclaje y placas solares en los tejados. La biblioteca universitaria es uno de sus edificios más emblemáticos; tiene suelos de mármol, enormes columnas blancas y perfume de vainilla en los lavabos. En cada calle, abundan las banderas de Israel. Adornan las farolas y muchos balcones, como si los vecinos hubieran acordado no descolgarlas después de una gran victoria deportiva. Junto a la barbacoa y los columpios, la Estrella de David asoma en los jardines de los adosados unifamiliares; hogares idílicos que, sin embargo, tienen vistas a un muro de hormigón que se levanta a su alrededor.

Esta ciudad fortificada se llama Ariel y, si preguntamos por su ubicación en el mapa, escucharemos dos respuestas distintas. Los judíos que la habitan afirman estar en el corazón del Estado de Israel, en las tierras bíblicas de Judea y Samaria. Para los palestinos de las poblaciones vecinas –que tienen prohibida la entrada salvo que presenten su carné de mano de obra barata–, Ariel es uno más de los asentamientos ilegales que proliferan en Cisjordania.

También es ilegal para el Derecho Humanitario que se aplica en zonas de conflicto y que prohíbe al poder ocupante transferir parte de su propia población civil al territorio ocupado. Es decir, Israel tiene prohibido construir nuevas ciudades para los judíos en tierras palestinas. Por otro lado, las Naciones Unidas han alertado de que Israel está cometiendo un crimen contra la Humanidad, al imponer en Gaza y Cisjordania un régimen de apartheid que discrimina y oprime a los palestinos de forma sistemática.

El impacto de la ocupación

El bloqueo de Gaza y la ocupación de Cisjordania tienen efectos demoledores sobre la población palestina. Organizaciones internacionales como Human Rights Watch o Amnistía Internacional –apoyadas por un sector de la sociedad civil israelí– han denunciado violaciones de los Derechos Humanos por parte de Israel. Según un estudio del Instituto de Investigaciones Aplicadas de Jerusalén, además, el Estado judío está impidiendo el desarrollo de los territorios ocupados. Sus acciones les cuestan cada año 9.458 millones de dólares a los palestinos, por la detención de ciudadanos, la expropiación de terrenos, las limitaciones en el uso de las infraestructuras o en el acceso a los recursos naturales, entre otros factores.

Lejos de frenarse, la ocupación parece seguir avanzando. Israel incentiva la llegada de inmigrantes judíos, de cualquier país del mundo, para que se asienten en la tierra que el Antiguo Testamento atribuye a sus antepasados, al mismo tiempo que prohíbe a los exiliados palestinos regresar a sus ciudades. Así practica, según la ONU, su propia ingeniería demográfica. El Gobierno israelí continúa autorizando la construcción de nuevos asentamientos, haciendo oídos sordos a las críticas internacionales, mientras aprueba también la demolición de viviendas palestinas. El Ejército ha echado abajo más de 48.000 casas desde la Guerra de los Seis Días y ha forzado el traslado de sus habitantes, alegando razones burocráticas, como la caducidad de una licencia, o de seguridad nacional.

El origen de los asentamientos

Los asentamientos empezaron siendo aldeas que los inmigrantes israelíes establecieron en los territorios conquistados a los árabes tras la Guerra de los Seis Días, hace cincuenta años. La guerra contra los palestinos no detuvo su expansión y hoy existen –en una región del tamaño de la provincia de Alicante– unas 250 colonias, en las que viven más de 400.000 personas, en su mayoría judíos procedentes del Este de Europa y Estados Unidos. Y la cifra crece hasta los 700.000 colonos, si sumamos los que se han establecido en el Este de Jerusalén.

Los israelíes que viven en los asentamientos tienen una perspectiva muy distinta de la de sus vecinos árabes y la comunidad internacional. “Palestina nunca ha existido como Estado y, por tanto, que nosotros estemos aquí no es una ocupación. Quizá sea algo distinto, no sabría cómo llamarlo”, explica Michael Ketz, guardia de seguridad. Su familia emigró de Ucrania a Haifa en 1992 y más tarde se trasladaron a Ariel por los incentivos económicos que ofrece el Gobierno israelí, con el objetivo de favorecer la migración a los asentamientos.

La justificación de Ketz se asemeja a la del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel: Cisjordania no es un territorio ocupado, sino un territorio en disputa, sobre el que previamente no existía una soberanía legítima. “Quedó bajo control israelí durante una guerra, la de los Seis Días, donde el Estado hebreo ejerció la auto-defensa. Que los judíos elijan libremente establecer sus hogares en la tierra de sus ancestros no puede considerarse una transferencia de población”, señalan. Aunque reconocen que es necesario alcanzar la paz, y para ello se comprometen a dialogar con los palestinos y negociar, entre otros asuntos, el futuro de los asentamientos.

Michael Ketz asegura que no es racista, y que no discrimina a los palestinos. Intenta demostrarlo, poniendo ejemplos de su día a día en el sector de la seguridad, pero no termina de acertar: “Cuando vienen obreros a trabajar en el edificio, yo les saludo e incluso les sirvo café, como a los demás; aunque es cierto que dan más trabajo, porque tengo que estar pendiente de todo lo que hacen, y de lo que llevan en sus bolsas; en cualquier momento uno de ellos podría acuchillarme”.

Políticas que cambian los mapas / Las islas de Palestina

Estados Unidos ha sido el principal apoyo para Israel, tanto a nivel político como financiero. Pero incluso si los norteamericanos suavizasen su postura, desmantelar las colonias parece cada vez más inviable. Sus habitantes han echado raíces en esa tierra que creen suya, por mandato bíblico o por necesidad, y sus casas no son tiendas de campaña que puedan guardarse en el maletero. Ariel, por ejemplo, tiene una población que ya roza las 20.000 personas, a las que se suman cada día los cientos de jóvenes israelíes matriculados en la primera universidad ubicada dentro de un asentamiento.

Entre ellos, Anan. Estudia Física e Ingeniería en Ariel, porque es uno de los campus donde el alojamiento es más barato. Reconoce que está al tanto de la polémica que ha suscitado la construcción de una universidad dentro de una colonia. Un millar de académicos israelíes, contrarios a la ocupación, intentaron boicotearla, con el apoyo de instituciones como el Gobierno español. Pero Anan dice que no quiere entrar en temas políticos. “Los planes de estudios son buenos y es un lugar muy tranquilo, donde es fácil concentrarse”, apunta. Además, los fines de semana puede llegar a Tel Aviv en apenas 20 minutos, con el autobús directo que circula por la nueva autovía de uso exclusivo para israelíes. No es consciente ­de que esa carretera ha partido en dos a Cisjordania, obligando a los palestinos a dar grandes rodeos para visitar pueblos vecinos, o para trabajar las tierras que antes tenían frente a sus casas.

Murad Shtaiwi está entre quienes sufren las restricciones de Israel. Vive en Kafr Qaddum, una aldea palestina a la que el Ejército israelí impide, con las armas, utilizar su carretera principal, la que les comunica con la ciudad más cercana. El Estado hebreo alega que es una medida necesaria para proteger la seguridad de los 4.000 ciudadanos de Kedumin, un asentamiento próximo. “Nos han ido confiscando tierra, para ampliar su colonia y construir más casas. Solo nos dejan acceder a los olivos unas semanas al año, en la recogida. Algunos vecinos han muerto porque los soldados no dejaron entrar a las ambulancias en el pueblo”, cuenta Shtaiwi.

La ocupación separa a unas ciudades de otras, como si fueran un archipiélago, y clasifica el territorio según el grado de control militar y administrativo de Israel. Lo que hoy está en el área A, donde la Autoridad Palestina mantiene sus competencias, mañana puede ser B, con la presencia del Ejército hebreo, y en el futuro C, bajo el dominio absoluto de los israelíes. Los muros, las vallas, los controles de carretera… continúan rompiendo el paisaje. Y las colonias fortificadas, con hileras de adosados coronados por placas solares, ganan terreno a las ciudades árabes, en cuyos tejados solo hay sitio para los enormes tanques donde se almacena el agua racionada por Israel.

La ocupación sigue redibujando el mapa palestino y lo llena de asentamientos, haciendo cada vez más difícil una solución pacífica al conflicto. Las condenas de Nacionales Unidas solo consiguen desvirtuar el término condena. Y mientras algunos defienden la reconciliación entre ocupantes y ocupados, otros rechazan la normalización de la opresión y ponen su esperanza en la legítima resistencia.
Publicar un comentario